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Maria de Magdala - 1997

 

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Las diferencias de sexo, edad, condición, cultura, diferencias psicológicas, sociales, económicas, diferencias de roles, funciones, estereotipos o tradiciones, habilidades, competencias…

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son obra humana, sólo al ser humano preocupan, y obra suya es asignar a cada individuo lo que le corresponde o no corresponde, lo que puede o no puede hacer, lo que puede o no puede decir, lo que puede o no puede simbolizar… Dios es UNO y el ser humano es uno en Dios y a su imagen y semejanza (Génesis 1, 27), puede tener ilimitadas formas de expresión, de ser, de vivir…que sólo al individuo y por el ejercicio de su libertad, le compete descubrir.

Esta es la verdad elemental que con respecto a la feminidad y masculinidad humanas descubrimos en nuestra experiencia en Cristo. Cuando Jesús proclama las bienaventuranzas (Mt 5, 1 y Lc 6, 20) o dice a sus discípulos: “el que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga; pues el que quiere asegurar su vida la perderá, pero el que pierde su vida por mi, la hallará” (Mt 17, 24-25), o cuando afirma: “Vengan a mi los que se sienten cansados y agobiados, porque yo los aliviaré… Pues mi yugo es bueno y mi carga liviana” (Mt 11, 28-30), está ofreciendo la misma forma de vida a hombres y a mujeres, que cada cual se preocupe de elegir su cruz, su camino y la causa de su cansancio, que, si Dios los deja a la libertad de cada uno… ¿Por qué empeñarnos nosotros en decir la forma de vida de los demás y, más aún, de sus rasgos psicológicos, función social o incluso habilidades?

Por esto, la reflexión que ofrecemos es obra humana que, una vez más, cae en los tópicos de las diferencias; pero también sabemos que la única vía de liberar al ser humano de sus pobres limitaciones, es tomando conciencia de ellas.

Esta obra o pieza está pensada, reflexionada y escrita por mujeres. No estamos convencidas de expresar con ella la versión de la “feminidad salvífica” lo que sí pretendemos es ser originales, transmitiendo en todo momento nuestra propia experiencia del Jesús vivo en el que creemos.

Así pues, de lo que aquí se cuenta, todo parecido con la realidad es pura coincidencia, sin olvidar menciona que nuestra fuente de inspiración han sido los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y la Carta Apostólica de Juan Pablo II sobre la dignidad de la mujer (1995).

Si María Magdalena se hubiese decidido a escribir su experiencia con Jesús (lo más probable es que no supiese escribir), quizá hubiese comenzado así: “En mentalidades humanas, donde no cabe más opción de vida femenina que la de ser elegida por un varón (padre, hermano, hijo o esposo) para servirlo materialmente (intelectual y espiritualmente, si así el hombre lo considera conveniente), donde no cabe mayor proeza de mujer que la de conservar su virginidad física (mientras es soltera), y donde la máxima dignidad (lo justo, lo apropiado a su condición femenina) otorgada a la mujer es la maternidad biológica, una mujer como yo, sin virginidad, sin hombre para el que vivir y sin hijos, pierde su condición de mujer y con ello su posibilidad de ser humano, se hace algo débil, indigno y , por tanto, objeto de uso y abuso.

En estos parámetros humanos, mujeres que no cumplen cliché, no viven, sólo sobreviven o malviven. Pero el fondo de la cuestión es que la propia mujer, cuando participa de esta mentalidad, se percibe como es percibida por los demás.

Yo, María Magdalena, pude cambiar mis parámetros (y mi vida), en mi relación con Jesús; primero a través de lo que me contaron otras personas de Él, después en mi relación personal con Él” Cómo ocurrió todo esto, es lo que se va a narrar en esta obra:Maria de Magdala.