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A lo largo de sus viajes ARAL ha protagonizado anécdotas enriquecedoras. Una de ellas ocurrió representando la obra: Un Señor como Dios Manda, al aire libre, en el pueblo de Zagra. Antes de empezar la función se desencadenó una tormenta que obligó al grupo ARAL a desmontar el escenario. A pesar de la lluvia el público no se iba. Cuando ceso de llover, el auditorio pidió con insistencia que empezase la obra. Por lo tanto se volvió a montar el escenario. Estando todo preparado para la representación, volvió la lluvia. Una vez más, se retiró de escena, los instrumentos, luces y material delicado. El público seguía sin moverse de sus asientos y con evidentes ganas de ver la obra. Se montó por tercera vez el escenario y se decidió empezar porque cesó la lluvia. Al final de la representación, justo en el momento de la crucifixión de Jesús, la tormenta explotó con fuertes relámpagos y truenos. Actores y públicos vivimos una experiencia sobrecogedora, porque parecía que la propia naturaleza se había aliado con la experiencia que estábamos compartiendo. A pesar del cansancio por el trabajo repetido de montar y desmontar, a pesar de que estábamos empapados, nos logramos sentir especialmente satisfechos. Una de las cosas que más le llama la atención a la gente que ve alguna de las obras son los niños. Estos participan directamente en la obra desde el mismo momento en el que nacen. Si no saben andar salen con alguien mayor, pero en cuanto se tienen en pie ellos saben lo que tienen que hacer. Los bailes y escenas en que aparecen ellos han sido preparados y trabajados por ellos mismos, aunque parezca increible. A todo el mundo sorprende todo lo que pueden aportar niños y niñas tan pequeños.